empatía

Un vete a tomar por culo, cabrón y un portazo que hizo grieta en forma de jódete, fue lo último que escuchó de ella. Una de esas discusiones donde las palabras se convierten en cuchillos afilados o balas, en esas batallas que no sabes dónde empiezan y no entiendes cuándo acaban.

No era el momento apropiado para ponerse a llorar. En realidad, nunca hay un momento apropiado para eso, a no ser que uno esté solo y pueda decir que ese momento no existió. Lo que dicen de que los fuertes no lloran, o si lo hacen es a espaldas del mundo cuando nadie puede verlos. Tampoco era el caso, a pesar de todo lo que circulaba por su cabeza. La última de sus heridas la había cerrado con medio vaso de ginebra mientras caía en la cuenta de que el teléfono no iba a sonar.

Conocía a la perfección cada milímetro de su cuerpo. El color en hexadecimal del lunar que decoraba su mejilla izquierda. La curvatura de su espalda pasadas las cuatro de la tarde. Las coordinadas exactas de su punto de ebullición. La presión de sus labios en el lugar donde colocaba el cigarrillo. La inapreciable línea en sus ojos que marcaban la diferencia entre el sí, el no y el tal vez. Como tener un manual de estilo aprendido de memoria y, sin embargo, encontrarse cada vez más lejos.

La habitación, por suerte, seguía siendo cuadrada. Sólo la oscuridad alteraba la composición del espacio, uniendo y desuniendo figuras imposibles, como un sofá convertido en un camello de tres jorobas o una mancha de humedad en el techo que guiñaba un ojo si la mirabas desde el ángulo adecuado.

El tiempo se había detenido mediante la absurda fórmula del si no lo ves, no existe. Sin embargo, bajo su estado de anestesia general, las manijas del reloj actuaban como bisturís en algún lugar de su inconsciencia. Y ocurrió.

El sonido de cada gota al chocar con el suelo rebotaba en su oído en forma de eco infinito, se le clavaba en el cerebro y le bajaba por la garganta a modo de papel de lija. Frente a él, una figura que no distinguía bien, pero real. Se incorporó para verla dejando sobre la tela del sofá una silueta de sangre seca que no era suya.

La mujer, en carne viva, le sonreía.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: