El hombre que vendió el mundo



It’s a David Bowie song…
(Kurt Cobain, 
MTV Unplugged in New York, 1994)







No dijo nada a nadie. Ni una nota sobre la mesilla de noche junto a Carla, ni una corta conversación en el bar de costumbre con Yim, ni tan sólo una socorrida llamada de teléfono a mamá. No dijo nada a nadie, aunque tampoco hacía falta. Mamá hacía tiempo que ya no estaba. Yim le había traicionado, o él había traicionado a Yim, el orden de los factores no importa si llevan a un mismo final. Y Carla, de Carla mejor no hablar. Lo único que tenía ahora era una puerta cerrada a cal y canto delante de sus narices y todo un largo a la par que ancho camino por recorrer que comenzaba a abrirse a sus pies: una desgastada escalera de caracol que se iba iluminando poco a poco y donde cada escalón que descendía parecía más limpio que el anterior.

Cuando se quiso dar cuenta se encontraba en la calle de una ciudad que no conocía y, sin embargo, recordaba haber pasado allí mucho tiempo. Pero en el momento que iba a llegarle a la memoria el nombre de la dichosa dama de asfalto, apareció ante él un gigantesco valle rodeado de montañas picudas, adornadas por una gran bola de fuego violeta que pretendía ser el Sol. Por una larga senda en escala de grises divisó una figura humana que se acercaba cada vez más y, de repente, se dibujó un extraño tilo sin hojas a su lado. En un instante, tenía la cara de aquél hombre a escasos centímetros:

¿Quién eres? – se escuchó preguntar, pese a que no era lo que pretendía decir.
¿No lo sabes? ¿Cuánto tiempo llevas sin mirarte al espejo? ¿Acaso no te resulto familiar?
Ahora que lo dices… te pareces a mí.
¡Porque soy tú, imbécil! Pero hace mucho tiempo. Antes de que murieses.
¡Eh, tranquilo! No hace falta que me insultes. ¿Antes de que muriese? Yo no recuerdo haber muerto todavía.
¿De verdad crees que lo recordarías?
No lo sé, pero si hubiese muerto no podría estar aquí.
Por lo que veo no te enteras de nada. Si no hubieses muerto, el que no estaría aquí hablando contigo sería yo.
Creo que anoche bebí demasiado…
No, no, no, no, no… no seas tan simple, hombre. Tú has venido aquí porque necesitabas verme.
¿Para qué?
¡Joder! No puedo creer que me haya vuelto tan idiota con el paso de los años…
¡Oye! Que no insultes… Y dime, ¿para qué?
Porque soy tú. Tú, antes de perder el control, antes de que todo ocurriese. Creía que estabas muerto desde hacía mucho más tiempo, pero me alegro de que no sea así y de que me hayas encontrado.
No sé lo que significa todo esto. Ni siquiera sé por qué estoy hablando de esta forma. Esto sólo es…
¡No! No lo digas, sabes que no es verdad. Te estás engañando a ti mismo, y a mí no me puedes engañar. Ahora que me has encontrado, sabes como cambiar.
¿Cambiar el qué? Mira, amigo, lo único que quiero que me digas es cómo puedo salir de aquí.
Eso es lo que esperaba escuchar, pero no te lo puedo decir. Eso es cosa tuya.
¿Quieres dejar de hablar así?
Si está muy claro: si te quieres ir sólo tienes que recorrer el mismo camino por el que has venido.
Bien. Pues adiós.
Hasta pronto, diría yo… – dijo riendo mientras se despedía con la mano.




… Y como él sabía que sucedería en aquél viaje que ya no recordaba, sus ojos se abrieron en la misma habitación donde se había acostado anoche, las mismas cortinas, las mismas sábanas, el mismo canal de televisión con el que se había quedado dormido. 
Todo seguía igual… 


…todo seguía igual, porque a su lado aún dormía Carla.


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