Mirar se

Demasiado tarde. Había vuelto a meter la pata hasta el fondo, y lo supo nada más comenzar la pregunta. Como cuando tropiezas con tu propio pie y caes lentamente sin remedio: no hay vuelta atrás, estás en el suelo y sólo piensas en qué coño tendrías en la cabeza para poner tu pie encima del otro. Absurdo, sí, pero ocurre.
–Espero que estés de cachondeo –exclamó la joven apenas escucharle.
–Sí, me hacía el despistado.
–Ya, por los cojones…
–Son violetas.
Sin decir nada, dejó descansar el cigarrillo en el cenicero y abrochándose el penúltimo botón del pijama fue al cuarto de baño para mirar a la chica del espejo; la de los ojos violetas.
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