El Psicólogo

1.

–Sigo viéndolo, doctor.
–¿Al fantasma?
–No es un fantasma, no es transparente. Puedo verlo perfectamente. He visto su cara, por primera vez.
–¿Cómo es?
–Marrón.
–¿Marrón? ¿Es negro?
–No, no es de ninguna raza, o al menos eso creo yo. Es marrón. Sólo marrón, como un dibujo animado, como si llevase una careta.
–¿Y no es una careta?
–No. Sus manos también son de ese mismo marrón, manos normales pero marrones… siempre del mismo tono, no cambia con la luz, siempre es igual. No tiene pelo, ni siquiera cejas. Tiene los ojos achinados, pero tampoco como un chino… es una mezcla entre vietnamita del norte e hindú, me lo ha dicho él.
–¿Habéis hablado?
–Yo no, sólo él. No le gusta que le digan nada, sólo habla. Es argentino… pero no tiene acento de ninguna parte… quiero decir que no sabría de dónde es por su voz.
–¿Cómo es su voz?
–Indefinida, sus labios apenas se mueven al hablar y su tono de voz es como el de una de esas máquinas cuando dicen su tabaco gracias.
–¿Un robot?
–No, tampoco tanto. No sabría cómo explicarlo mejor y tampoco puedo imitarle.
–¿Y qué te ha contado?
–Primero me contó un cuento. Caperucita Roja.
–¿Caperucita Roja?
–Si. ¿Sabía usted que Caperucita era adoptada y que su abuelita nunca la quiso? Siempre pensó que era una arpía avariciosa que le llevaba la cena y un montón de dulces sólo por la herencia. Que tampoco era gran cosa, pero la chica tenía mucho menos.
–¿Eso te ha contado?
–No exactamente, pero su relato lo dejaba ver así. Y el lobo no era tan malo al final, era la reencarnación del enano mudito de Blancanieves, que, por cierto, era esquizofrénica: ella y la bruja eran la misma persona, pero eso es otra historia. Ella no trataba tan mal a mudito. Él estaba harto de que nadie le hiciera caso, y es que no era mudo sino que los otros seis le hacían la vida imposible y nunca le dejaban hablar, siempre le pisaban antes de que pudiese abrir la boca. Él nunca quiso ser malo… pero las circunstancias le llevaron a querer vengarse de alguna manera y como su historia terminó antes de que pudiera hacer nada se hizo budista, porque sabía que así el destino le tendría preparada una vida mejor.
–¿Y así se hizo lobo?
–No, antes fue uno de los ratoncitos de la Cenicienta, su karma casi llega a estar a la altura del mismo Buda. Yo creo que lo hizo para ganar puntos y poder elegir su siguiente reencarnación.
–¿El lobo?
–Si, el lobo. Su venganza.
–Pero al final el lobo muere.
–No, eso es sólo la versión de algún cursi que bebía agua con gas y sabía venderse bien. Pero la verdad es que no hubo ningún cazador y que el lobo se enamoró perdidamente de Caperucita, mató a su abuela con arsénico y huyó con ella y con su herencia, tal y como habían planeado. Después se casaron y vivieron felices, hasta que un día él quiso convertir a Caperucita en licántropo, ella no lo comprendió y pidió el divorcio…
–Vaya, por lo que veo le ha contado muchas cosas.
–No se crea. Ha tenido que irse a una cita con el foniatra justo en el momento que iba a desvelarme quién era la madre de Pinocho… por lo poco que ha dicho, creo que un sauce llorón que antes fue la madre de Bambi y se quedó con las ganas de ver crecer a un hijo suyo, pero era muy desgraciada: siempre moría antes de que sus niños comenzaran el instituto…
–Veo que te influencia mucho la reencarnación.
–Es mejor que morirse y no ver nada, ¿no cree? Por cierto, ¿sabía que Peter Pan lleva ciento cincuenta y siete años cumpliendo doce años? Antes fue un niño negro que su padre vendió a una familia blanca acomodada por muy poco dinero. Murió pocos años después de una enfermedad que no supieron diagnosticar, yo pienso que fue de pena, se sentía tan diferente… pero vamos, eso ya son cosas mías. Aunque él tampoco ha sabido darme una explicación concreta.
–¿Él? ¿Te refieres al fantasma?
–No es un fantasma.
–Ya, ya, perdona. ¿Te ha dicho su nombre? ¿De dónde viene?
–Llevo tiempo hablando con usted de él. No tiene nombre, es y punto. Y no viene de ningún sitio, siempre está ahí pero dice que la mayor parte del tiempo no le hago caso. Yo creo que es algo tímido, a veces se siente mal por hablar tanto y se esconde pensando en lo que dirá después. No es como los otros, los otros tienen más problemas, la gente los rechaza… como a Mudito.
–¿Los otros? ¿Hay más?
–Claro que sí, no me creo tan importante como para pensar que soy la única que puede ver… es de lógica pura… además a él se le nota algo preocupado por ellos, nunca me lo ha contado así pero eso se sabe. Se le da muy mal mentir para todo lo que sabe. ¡Oh, vaya! Creo que es la hora, doctor.
–Si quieres podemos estar media hora más, no tengo a nadie hasta entonces.
–Me gustaría: me relaja mucho hablar de esto con usted, pero debo irme. Tengo que comprar antes de ir a casa.
–De acuerdo. Nos vemos la semana que viene a la misma hora.
–Si.

2.

Como cada mañana desde hacía veinticuatro años, exceptuando alguna que otra noche de discusiones donde sus ronquidos acabaron en el sofá o algún viaje, el doctor despertó junto a su mujer que, como en la mayoría de las ocasiones, ya estaba despierta observándole durante quién sabe cuanto tiempo:

–Buenos días, ¿qué tal has dormido?
–Como en la gloria.
–¿Sabes qué día es hoy?
–Domingo. El día que pierdo la memoria de toda la semana y te traigo el desayuno a la cama.

El doctor se levantó sin ningún tipo de retraso y fue al baño a despejarse, echándose agua por la cara. Pensaba en el tiempo que llevaba casado y lo feliz que era con su esposa. Chocaba un poco conociendo tantos casos en los que no era así, analizando a todas esas personas que pasaban por su consulta con sus matrimonios rotos… Se sentó en el váter con las manos en la cara y notó que tenía una legaña incrustada en el rabillo del ojo. Se frotó, frotó, frotó… y al abrir los ojos cayó al suelo de un enorme brinco tapándose sus partes, que aún estaban al descubierto:

–¡Oh,! Lo siento, te he asustado. No hace falta que te tapes, no es la primera vez que veo uno de esos.
–Pero… ¿qué…? ¿quién…?
–No te molestes, no hace falta que preguntes nada. Siento haberte interrumpido así, pero es mi único momento libre del día y quería aprovecharlo para conocerte. Me han hablado un poco sobre ti, dicen que eres muy comprensivo. Por supuesto no voy a contarte mis problemas, ya tienes suficiente durante la semana.
–Esto debe ser un mal sueño…
–Si esto fuese un mal sueño no tendrías espacio temporal para pensar que esto es un sueño, pero puedes pensar lo que quieras. Además a mi no me gusta meterme en los sueños de los demás, es como una violación a la intimidad, por no hablar de que yo no soy Freddy Krugger ni tú un adolescente. Al bueno de Freddy si se le daba bien eso… no sé si sabrás que lo de Krugger no era su nombre real, se llamaba Narciso Bridge, que como puedes ver no es nada comercial y no asusta en absoluto. Pero vamos, Freddy era un buen tipo, las películas que hicieron sobre él no le hacían justicia, ponían siempre a los niñatos como los buenos y como podrás saber no todos los adolescentes son ángeles. Te digo yo que Freddy no se mosqueaba así como así. Murió en un auto-cine viendo la tercera adaptación de su supuesta vida; dijeron que fue un atracón de palomitas, también se habló de suicidio… pero yo no creo en absoluto que fuera un suicidio. A pesar de todas las mentiras que contaban sobre él tenía suficiente personalidad como para saber pasar de todo eso… además tenía un hermano pequeño a su cargo al que no hubiera abandonado por nada del mundo… Oye, vas a coger frío ahí en el suelo tirado, ¿no estarías mejor sentado?
–Ah, si. Mejor, mejor…
–Eduardo Manostijeras
–¿Qué?
–Su hermano pequeño, Eduardo Manostijeras. El pobre se quedó solo, solo, solo. Y no es que se mereciese acabar así, pero era un figura de mucho cuidado. Tenía una cara de bueno que engañaría al mismísimo diablo, pero era un experto en el manejo de las navajas; atracaba bancos, nunca mató a nadie y buena parte de la sociedad le tenía como un héroe. Al final desapareció sin dejar rastro, cuentan que se enamoró de la única mujer a la que no le cortaba, una auténtica dama de hierro… ¡oh, Dios! Se me ha hecho tarde, tengo cita con el dermatólogo dentro de un cuarto de hora. Espero no haberte causado mucha molestia.
–No, ya no. Por cierto, me habían dicho que eras marrón.
–¿Marrón? No sé, supongo que todo depende de cómo se mire. ¿Tú cómo me ves?
–No te veo bien.
–¿Borroso quizás?
–No, más bien paliducho.
–Es posible, llevo dos semanas a base de verduras sintéticas. Me han puesto a régimen. Y sienta bien, lo malo es eso, los posibles efectos secundarios. Aún así te la recomiendo.
–No, gracias.
–Tú sabrás.

3.

–¡Pfff, tía! ¿por qué coño le echarán mayonesa al bocadillo de bacon? Llevamos viniendo a esta cafetería mucho tiempo y siempre se lo digo… pero nada: ¡mayonesa al canto!
–Si quieres voy a cambiártelo.
–No, ya da igual. La próxima vez se lo dejaré por escrito.
–También podrías empezar a pedir otra cosa.
–No. Me gusta el bacon, y temo que si lo pido de anchoas también le pondrán mayonesa y eso si que no, no, no… el tuyo tiene mayonesa, ¿a qué si?
–Es un vegetal.
–Vegetal con atún y mayonesa…
–Podríamos probar a ir a otro sitio.
–No sé, tampoco está tan mal para ser una cafetería de universidad, es más barato que cualquier otra cosa; lo malo es la imbécil de la camarera y tener que ver aún más tiempo las caras de los idiotas con los que vas a clase. Es casi peor que lo de la mayonesa.
–Cómo te pasas. ¡Oye, mira! Acaba de entrar el señor psicólogo. ¿Te has fijado que siempre lleva la misma ropa?
–Si. O tiene veinticinco trajes iguales o debajo de la camisa hay carne viva.
–La verdad que no sé lo que pretenderá la profesora con el experimento este de ir a visitarle una vez por semana. Yo ya empiezo a hartarme de estar una hora ahí sentada sin decirle nada, y él tan tranquilo; de vez en cuando carraspea y me pregunta cómo me ha ido el día… ¿Tú que tal? ¿Sigues con esa historia?
–Si. Yo es que no me puedo estar callada durante una hora y paso de contarle mis problemas, prefiero contártelos a ti que te conozco.
–Debe pensar que estás loca.
–No lo sé, quizás sepa que me lo voy inventando según hablo. No me ha discutido nada todavía, pero parece que le interesa lo que cuento. Yo también estoy empezando a aburrirme con el experimentito, llenar una hora hablando de una aparición que conoce las vidas de personajes de cuento es agotador, muchas veces pierdes el hilo o te quedas sin ideas.
–Al menos este año no nos podrán acusar de pasar de los rollos voluntarios…
–Si, y éste es más entretenido que los de otras veces, dentro de lo que cabe.
–No mires para atrás; lleva un buen rato analizándote.
–¿Me está mirando?
–Si, y además parece asustado.
–¡Venga ya!

La chica se dio la vuelta sonriente, él desvió bruscamente la mirada y la plantó fijamente en su café.

 

Fin.
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3 responses to “El Psicólogo

  • Noelia Palma

    a veces asumir las cosas, pensarlas aunque no sean ciertas hace suceda lo que de verdad, no sucede

    me gusta!

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  • Anónimo

    Te felicito, Gabi, ¿puedo llamarte así? Me gusta Gabi como diminutivo de tu nombre, que es muy bonito, dicho sea de paso.

    Has creado una historia original, que intriga y divierte. Me ha gustado muchisimo. Creo que podrías continuarla un poco más. Puede llegar la chica a ver al fantasma marrón, que no es negro, es indefinido. Tu marrón, me ha recordado a mi mierda… je je.

    Me encantan las historias de psicólogos. ¿Viste la serie “En terapia”? El papel de psicólogo lo interpreta Gabryel Byrne, que casualidad, se llama como tú.

    http://www.series21.com/en-terapia/

    biquiños,
    Aldabra

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  • Elena Lechuga

    Tu capacidad de hilar mentalmente es ágil como pocas. El argumento atrapa.
    Alguna construcción más pobre de lo que demuestras en el marco general de la narración.
    Te sigo de cerca, Gaby.
    Con tu nombre, más aún.

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