Un deseo de última hora

-¡Acelera! –exclamó poco antes de llegar al puente levadizo, mirando hacia atrás para caer en la cuenta de que ya nadie les perseguía.

En ese momento la angustia se apoderó de él. El puente se abrió, tenían el tiempo justo para cruzarlo, y sin embargo no conseguía recordar por qué estaban huyendo, ni quién era esa joven que estaba a su lado conduciendo a toda velocidad.

Por suerte, todo era un sueño, un mal sueño, una pesadilla que se resistía a terminar. Aquella mañana, al abrir los ojos en medio del río, el agua les llegaba por las rodillas.

Publicado en Pezdeplata #86 (Edición 10-07-2011)
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