En sus ojos

1 – Abrir el grifo, en posición del agua caliente, hasta que la temperatura alcance los 28,47ºC o, en su defecto sea 8,36ºC menor que la de su temperatura corporal en el momento del proceso.
2 – Mojar las manos y brazos, hasta la altura del codo, repartiendo por todas las zonas la misma cantidad de agua y teniendo en cuenta que el suelo no forma parte de nuestro cuerpo ni se limpia del mismo modo..
3 – Frotar las manos con jabón haciendo abundante espuma en dirección al codo durante 14,08 segundos, o lo que se tarda en tararear los primeros compases del Claro de Luna de Beethoven.
4- Paso opcional: con un cepillo de dientes que no cumpla ni haya cumplido su misión original, rasque bajo las uñas, entre los dedos y el dorso de la mano, suavemente para no causar daños y perjuicios en la piel. Y siempre en dirección a los codos.
5- Enjuagar bien con agua tibia asegurándose de no dejar rastros de jabón por ninguna zona.
6 – Secar con una toalla esterilizada aplicándose ligeros toques sobre la piel, sin llegar nunca a frotarla, o con un secador de aire caliente. También cabe la posibilidad de emplear ambas técnicas, a la vez o por separado.
Lena seguía al pie de la letra las instrucciones del manual. Incluso había comprado la colección de vídeos en edición de lujo para DVD que cada domingo vendían con el diario DFG, presentados por la popular top model Katia Mor, y con introducción del Doctor Valenco Risso, especialista en la rama de la copa del árbol más alto de la Medicina. Pero siempre, al terminar concienzudamente el proceso, sus manos quedaban igual de sucias.
Resignada a caminar así desde hacía mucho tiempo, subió al autobús como todas las mañanas para ir al trabajo. Allí se quedaba de pie, al fondo, agarrada a la barra mientras observaba cómo resplandecían las manos del resto de pasajeros. En la calle, un obrero hacía un hoyo en el suelo, con las manos impecables.
Dos paradas después, una niña y la que seguramente sería su madre, se colocaron junto a ella. Lena notó un leve roce en uno de sus dedos, y al bajar la cabeza se encontró con la mirada de la chiquilla, que le sonreía. Por más que lo intentó, no pudo devolverle el gesto y bajó en la siguiente parada para perderse segundos después entre la multitud. Mientras, dentro del autobús la niña aún sonreía:
—¿De qué te ríes?
—La chica esa. Me gustaba como olían sus manos, las tenía muy limpias.
—¿Sí?

—Sí, mamá… pero tenía los ojos raros, creo que era ciega.
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