Boris Vian tenía razón

Si fuera poeta
Sería un borracho
Tendría una nariz roja
Una gran caja
En la que apilaría
Más de cien sonetos
En la que apilaría
Mis obras completas.
–Hola, Tom.
–¿Qué hay, Jimmy? ¿Cómo tú por aquí?
–Venía por cigarrillos, pero no veo ninguna maldita máquina en este antro.
–¿Cigarrillos? Yo tengo de sobra. ¿Tienes encendedor?
–Sí.
–Justo lo que me falta. Siéntate un rato, amigo.
Un poeta
Es un ser único
En montones de ejemplares
Que no piensa más que en verso
Y no escribe más que en música
Sobre motivos diversos
Unos rojos otros verdes
Pero magníficos siempre.
–Oh, no gracias, Tom. Tengo cosas que hacer. Quizás otro día.
–Otro día puede ser nunca, Jimmy, y tú lo sabes bien. Deja que las cosas reposen, si les das demasiadas vueltas acaban vomitando. Hace tiempo que no charlamos. Dime, ¿qué tal te va? ¿Estás trabajando en algo nuevo?
–En algo sí, nuevo no.
–¿Y eso?
–Falta de cigarrillos.
Si los poetas fueran menos tontos
Y si fueran menos perezosos
Harían a todos felices
Para poder dedicarse en paz
A sus sufrimientos literarios
Construirían casas amarillas
Con grandes jardines delante
Y árboles llenos de pájaros
Mirliflautas y lisosos
Parongros y verderones
Y pequeños cuervos muy rojos
Que dirían la buena ventura
Habría grandes chorros de agua
Con luces dentro
Habría doscientos peces
Desde el crusco hasta el ramusón
De la libela al pepamulo
De la aguja al rara curul
Y de la avela al cañizón
Habría aire completamente nuevo
Perfumado con el olor de las hojas
Comeríamos cuando quisiéramos
Y trabajaríamos sin prisa
Para construir escaleras
De formas nunca vistas
Con maderas veteadas de malva
Suaves como ella bajo los dedos
–¡Ves como tengo razón! Siéntate de una maldita vez, coge un cigarrillo y pide que te sirvan.
–No sé cómo puedes estar aquí. Este sitio es una verdadera mierda.
–Sí, lo sé. Por eso vengo. Si me gustase, no vendría. Los sitios que me gustan me distraen.
–De acuerdo, me fumaré un cigarrillo.
Pero los poetas son muy tontos
Escriben para comenzar
En vez de ponerse a trabajar
Y eso les da remordimientos
Que conservan hasta la muerte
Encantados de haber sufrido tanto
Les dan grandes discursos
Y se les olvida en un día
Pero si fueran menos perezosos
Sólo en dos serían olvidados.

(Boris Vian, Je voudrais pas crever, 1962)
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