Así hablaron los profetas

1


Catorce cuarenta y tres, hora de comer en casa de los Balton; una honrada familia de clase media del centro del país, no por ello del mundo, y muchísimo menos del universo, compuesta por cuatro miembros, o dos miembros y dos miembras, por no ofender a nadie. El padre, Bon, un señor ni muy alto ni muy bajo, preside la mesa redonda, cubierta por un mantel nuevo y desteñido al fondo de la cocina, manteniendo los cubiertos siempre firmes en dirección al techo, mastica cada bocado como si fuese el último haciendo disfrutar a todos sus dientes por separado, al menos un par de veces la comida que ha preparado su sufrida, y no por ello más fea, esposa Ébonie, una mujer de mirada atenta, pendiente de cualquier detalle, que siempre olvida cerrar la puerta al entrar en casa cuando se deja la compra en el supermercado y cuida su figura sin hacer ningún tipo de ejercicio, sólo se alimenta tres o cinco veces menos que el resto, algo que su querida, y no por ello más bella, hija adolescente, Lilia, quisiera hacer para no tener que pesar lo mismo que un saco de arena para gatos de cincuenta y un kilos, a los que el pequeñín de la familia, que responde al nombre de Ben, llegará sin muchos problemas en no demasiado tiempo si continúa su ritmo a base de frutas y hortalizas.

–¿Qué tal ha ido hoy el colegio, Lilia? –pregunta el padre con el fin de comenzar una conversación original.
–No es un colegio, es un instituto.
–¿Qué tal ha ido el instituto, Lilia?
–Aburrido, como siempre.
–Espero que las notas de este trimestre sean mucho mejores que las últimas…
–Hago lo que puedo, pero no creo que siga estudiando después… yo me conformo con ser arquitecto.
–Tú sabrás, pero hasta que no acabes el curso que te queda, nada.

Ben, con el ceño tan fruncido que está a punto de estallarle, prueba la primera cucharada de su comida:

–No me gusta –dice muy educadamente, depositándolo de nuevo en su sitio.
–Bueno, pues ya sabes: si no te comes el postre, no hay espinacas –replica la madre, con la misma buena educación.




2


El maestro de Maltrato al Profesorado camina por el pasillo del centro educativo con un ojo morado y la ceja izquierda algo maltrecha, todavía sangrante, recién salida de la enfermería cuando recibe el impacto de una bolita de papel bañada en saliva justo en el centro de la pupila. Así sí daba gusto ir a dar clases, con alumnos tan aplicados que realizaban actividades extraescolares por su cuenta; nada que ver con años anteriores, donde ninguno supo zurrarle como es debido:

–¡¿Con papel, Rony?! ¿Qué hay de los plomillos que os repartí la semana pasada?
–Se me gastaron.
–Al menos podrías tener la decencia de buscar alguna china.
–No he tenido tiempo.
–Bueno, bueno… ¿Qué tal vas este año?
–Bastante bien. He sacado un siete en Bully, un ocho en Pellas y una matrícula de honor en Robo e Intimidación. Lo malo es que aún no nos dejan la pistola y la navaja ya me aburre un poco.
–Tranquilo, no tengas tanta prisa. Estas cosas van despacio.
–Ahora voy a clase de Botellón de los Jueves. La verdad, me gustaba más la optativa de los sábados, pero como ya la aprobé no era plan de abusar.
–Muy bien, Rony. Sigue así, llegarás lejos.
–Hasta luego, ¡cabrón! –se despide el chico escupiéndole en la cara, a lo que el maestro responde con una sonrisa de profundo orgullo.

Unos siete pasos y tres cuartos más adelante, el profesor entra en el despacho de la directora, una jovencita que se maquilla los ojos con pintalabios y los labios con colorete, que se encuentra sentada a su mesa con cara de muchos enemigos, hablando con Lilia, de pie con las manos juntas:

–¡Lilia! ¿Otra vez aquí? ¿Qué has hecho ahora? –pregunta el profesor bajo una ausencia total de sorpresa.
–La muy sinvergüenza estaba en el baño… leyendo.
–¿Y qué leía? Porque supongo que no eran apuntes de clase.
–¡Esto! –exclama la directora con tono de indignación alzando al aire una edición de bolsillo de las rimas de Bécquer.
–¡Oh! Esos libros son para leerlos cada uno en su casa. Menudo ejemplo estás dando a los pequeños. No sé qué vamos a hacer contigo, Lilia. Vas peor que el año pasado y encima sigues sin aceptar las normas del centro.
–Y lo peor de todo es que ha vuelto a saltarse mi clase de maquillaje a seis colores.
–Se quedará a recuperarla a la hora de salir, supongo…
–Por supuesto.
–Muy bien hecho. ¿Y ahora qué clase tienes, jovencita?
–Destrucción del lenguaje.
–¿Cómo? Querrás decir Mutilación del Lenguaje. Aprende a llamar a las cosas por su nombre, con propiedad.




3


Solo en la cocina, el pequeño Ben permanece encadenado a la silla, mirando desafiante la copa de fresas con nata. Un par de minutos más serán suficientes para hacerla desaparecer.

Pasan veintitrés, todo sigue igual salvo el color de la nata que cada vez es más rojo, cuando la hermana mayor entra por la puerta y con una sonrisa de oreja a oreja va directa al cajón de los cubiertos por una cucharilla:


–¡Qué bien que siguas aquí, peque! Me muero de hambre –dice dándole una cucharada de nata al candado, que se abre relamiéndose dejando libre a Ben. Después ella misma prueba el postre y echa el aliento al microondas, que se pone en funcionamiento –. Este mundo es absurdo. Un verdadero asco. Al menos para ti todavía es divertido –dice finalmente colocando un plato de acelgas calientes frente a Ben, que las engulle felizmente en menos de los que se tarda en escribir un punto sobre la i.
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