Estado de sitio

 

compás arrítmico

de un mediodía atípico

torpe y desbocado

hacia la cuarta pared

 

aquí va un sordo ruido de sables

golpe en el barro

y el temor a traspasar el añil

del fondo del pozo

 

viento bajo las pestañas,

vaho en el cristal de las pupilas,

café con aguardiente

en un gesto solemne

que guarda la acidez de la naranja

de rabiayansiedad

 

escupir hacia dentro

resurgir del cuento

(volver a Madrid)

 

desde el otro lado

el bueno, el feo o el malo

que quiso ser imagen

de un campo de batalla

abierto en luna

de cuando el sol cegó

el calor de las entrañas


adicción

 

 

drogas baratas a medida

de corteyconfección

 

despojos

de una noche nunca soñada,

donde el la luz se tumba y da la espalda

en una habitación vacía

que hueleahueco entre semana

 

el atardecer crea

contornos de cantos

de un teléfono a la deriva,

donde el miedo pudo

con la amarga sonrisa

de la calavera de la primeramuerte

 

a la puta de la madrugada

le falta un gramo de piedad,

de cuando el agua pasada

hizo escombros el molino

(y) el pájaro de la fortuna comía

las migajas del pastel de la venganza

 

la herida limpia de resentimiento

dibuja el tatuaje

cicatrizdevanidad


Riot

 


cortar se
la cara

con el motivo de la lucha

por si un día olvidas quién estuvo allí

 

una bella herida profunda

superviviente del naufragio

 

revolver se

contra la pasividad de la garganta,

el destino se revela

como una aguja de reloj

rasgando las entrañas

 

levantar se

ante los sollozos del miedo

entre la espesa bruma de ganado urbano,

 

un punteo de guitarra

inyecta en la memoria

relatos del asfalto

 

la melodía de un saxo húmedo

materia obscura en una maleta vacía,

reina de la estación de una soledad

sepulcral

 

dar con el golpe de viento perfecto

sin tomarse el tiempo

alpiedelaletra

 

 


Calthorpe Arms

 

No soy yo, eres tú

 

quizás

lo que se pueda escribir en una libreta

vacía

sea una frase que se da la vuelta

y un vuelve más

 

extraño

sobre una moqueta de líneas escocesas

donde alguna vez se derramó

un buen whisky

 


palabras

palabras

de un cuchillo mal afilado

eterno sufrimiento de un poeta

demierda

 

una guerra que se desinfla

ante el espejo

quebrado

como el ojo del huracán

que puso fin a un libro sin concebir

 

exprimir

el boceto tras el espejo

el momento estéril

(o una figura blanca)

 

la mirada

(en)sucia

pasadas las tres de la madrugada

ojeras opacas

que se funden con el color del cabello

 

ventrílocuo

incapaz de leer

deseo entre las pestañas


empatía

Un vete a tomar por culo, cabrón y un portazo que hizo grieta en forma de jódete, fue lo último que escuchó de ella. Una de esas discusiones donde las palabras se convierten en cuchillos afilados o balas, en esas batallas que no sabes dónde empiezan y no entiendes cuándo acaban.

No era el momento apropiado para ponerse a llorar. En realidad, nunca hay un momento apropiado para eso, a no ser que uno esté solo y pueda decir que ese momento no existió. Lo que dicen de que los fuertes no lloran, o si lo hacen es a espaldas del mundo cuando nadie puede verlos. Tampoco era el caso, a pesar de todo lo que circulaba por su cabeza. La última de sus heridas la había cerrado con medio vaso de ginebra mientras caía en la cuenta de que el teléfono no iba a sonar.

Conocía a la perfección cada milímetro de su cuerpo. El color en hexadecimal del lunar que decoraba su mejilla izquierda. La curvatura de su espalda pasadas las cuatro de la tarde. Las coordinadas exactas de su punto de ebullición. La presión de sus labios en el lugar donde colocaba el cigarrillo. La inapreciable línea en sus ojos que marcaban la diferencia entre el sí, el no y el tal vez. Como tener un manual de estilo aprendido de memoria y, sin embargo, encontrarse cada vez más lejos.

La habitación, por suerte, seguía siendo cuadrada. Sólo la oscuridad alteraba la composición del espacio, uniendo y desuniendo figuras imposibles, como un sofá convertido en un camello de tres jorobas o una mancha de humedad en el techo que guiñaba un ojo si la mirabas desde el ángulo adecuado.

El tiempo se había detenido mediante la absurda fórmula del si no lo ves, no existe. Sin embargo, bajo su estado de anestesia general, las manijas del reloj actuaban como bisturís en algún lugar de su inconsciencia. Y ocurrió.

El sonido de cada gota al chocar con el suelo rebotaba en su oído en forma de eco infinito, se le clavaba en el cerebro y le bajaba por la garganta a modo de papel de lija. Frente a él, una figura que no distinguía bien, pero real. Se incorporó para verla dejando sobre la tela del sofá una silueta de sangre seca que no era suya.

La mujer, en carne viva, le sonreía.


(in)somnio

La persiana estaba lo suficientemente abierta para que los primeros rayos del sol la despeinasen. Con la madrugada dibujada en las ojeras, había vaciado cada nota de su mente sin dejar espacio para la firma en su Moleskine de tapa negra.

El llanto oscuro del corazón que se apuñala cada tarde después del café porque bien sabe que el tiempo no cura una puta mierda si no das con el veneno adecuado.


Prácticamente, no quedaba salida. Desmotivada, sin ningún pecado más que pudiese acometer, se cortó las yemas de los dedos para no dejar huella.